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Lifestyle

YVES VS. KARL

Por Manuel Santelices - enero 30th, 2026

París, 1971

El universo de la alta costura parisina vivió un terremoto en 1971 y durante el resto de esa década, con dos titanes del diseño, Yves Saint Laurent y Karl Lagerfeld, en el epicentro de la acción. Y cuando decimos acción, nos referimos a controvertidas colecciones presentadas frente a escandalizados clientes y editores, a fabulosas fiestas y comidas en departamentos decorados por Jacques Grange o Mongiardino, a noches escalando montañas de cocaína y Mandrax en clubes de dudosa reputación en la Rue St. Anne, y a intrigas y alborotos que no estarían fuera de lugar en una novela de Choderlos de Laclos.

Aunque unidos por su genio y reputación, Saint Laurent y Lagerfeld no podrían haber sido más distintos. Emocionalmente frágil, Saint Laurent lidió toda su vida con adicciones, inseguridades y arrebatos. Protegido por su pareja en la vida y en los negocios, el sombrío Pierre Bergé, y un círculo de íntimos amigos liderados por sus musas, Betty Catroux y LouLou de la Falaise, el diseñador exigía absoluta devoción. Cuando hacía su aparición en clubes como Le Sept o Le Palace, capturaba de inmediato toda la atención, pero sus acompañantes creaban de inmediato una sutil pero evidente barrera entre él y el resto de los presentes.

En su libro “The Beautiful Fall: Fashion, Genius and Glorious excess in 1970s Paris”, la escritora y editora de modas Alicia Drake lo describe como un hombre con un apetito voraz por romance y agresión. Su capacidad de seducción era increíble, recuerda Betty Catroux en el libro, y saludaba coquetamente a hombres y mujeres, pero especialmente a las mujeres, con halagadores susurros-“Comme tu es jolie ce soir”, “A, que belle robe”-, usando su voz y su acento como una irresistible caricia que desataba una inmediata intimidad. Por otro lado, jugaba al favoritismo, desviando su atención de un amigo a otro, de una modelo a otra, de un amante a otro, y sin una sombra de lealtad que fuera más allá de la que dictaba su propio interés. Lagerfeld, en cambio, se mostró siempre como un vampiro solitario, un término que no fue ocurrencia nuestra, sino suya, para describir su propia necesidad de devorar cualquier elemento cultural, libro o persona que cautivara su órgano más activo: su cerebro… Si Saint Laurent era pura pasión, Lagerfeld era pura razón.

Ambos eran totalmente abiertos sobre su homosexualidad, algo que predecesores como Christian Dior o Cristóbal Balenciaga no hubieran hecho jamás, y su actitud franca y directa afectó con o sin intención al mundo de la moda, haciéndolo también más abierto y democrático. De pronto, las colecciones fueron presentadas frente a una primera fila repleta de artistas, intelectuales, provocadores y celebridades, de Andy Warhol a Amanda Lear o Paloma Picasso.

El ilustrador Antonio López, cercano a los dos diseñadores, tuvo gran influencia en ambos, expresando a través de sus dibujos la visión de Saint Laurent, inspirando con la fuerza y libertad de su trazo a Lagerfeld, y sumergiendo a los dos en un mundo de nuevas musas que incluyó a modelos como Jerry Hall, Pat Cleveland y, antes de iniciar sus posteriores carreras, la cantante Grace Jones y la actriz Jessica Lange.

Yves era homosexual”, escribe Drake en su libro, “y aun así, como decía él mismo, ‘deseo acostarme con cualquiera que me guste’. Era posible sentir ese deseo en él. Tenía una sensualidad imparable que creaba una posibilidad erótica cada vez que dirigía sus ojos hacia ti. Podías sentir su imaginación desatada; te sentías desnuda”… CONTINÚA LEYENDO EN ISSUE #70

Ilustración de Manuel Santelices

 

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