La nueva campaña de Lacoste transforma París en una pista en movimiento. No hay poses rígidas ni escenas detenidas; todo ocurre como si la ciudad respirara al ritmo de una carrera improvisada. La protagonista avanza con una pelota de tenis en la mano mientras atraviesa jardines, avenidas y rincones que parecen coreografiados por el azar. La repetición de “Pardon” no funciona como disculpa, sino como un pulso constante que marca el ritmo de una historia ligera, elegante y extrañamente hipnótica.
En medio de esa narrativa, las prendas aparecen. El polo, la falda plisada y las siluetas deportivas no buscan protagonismo individual; se integran como parte natural del movimiento, como ropa pensada para acompañar cuerpos reales y no personajes inmóviles. Ahí está precisamente la fuerza de la campaña: hacer que la elegancia se vea espontánea, casi accidental, como alguien que corre tarde por París y aun así parece perfectamente compuesto.
Cortesía Lacoste


La llegada a la pista Philippe-Chatrier cambia la energía del relato. La joven que atravesó la ciudad no es una musa distante ni una figura abstracta; es una recogepelotas intentando devolver el juego a su curso frente a Novak Djokovic. El instante entre ambos dura apenas segundos, pero la cámara lo estira hasta volverlo casi suspendido, como si el tiempo decidiera detenerse justo antes del siguiente movimiento.
Las imágenes de la campaña continúan esa sensación de dinamismo contenido. Fotografiada por Angelo Pennetta, la propuesta visual juega con cuerpos inclinados, gestos interrumpidos y escenas cotidianas alteradas por la presencia inesperada de una pelota de tenis. Incluso Wang Yibo aparece frente a la Torre Eiffel sin caer en la postal evidente; más bien parece parte de una secuencia que nunca termina de quedarse quieta.
Cortesía Lacoste


