GALLIANO EN LA ERA DORADA: CUANDO GIVENCHY Y DIOR HABLABAN EN TEATRAL
Por María Jesús Sielfeld - julio 30th, 2025
Antes de convertirse en el fantasma enmascarado de Margiela, John Galliano ya había escrito su nombre en letras teatrales en la historia de la moda. Nacido como Juan Carlos Antonio en Gibraltar, se formó en la Central Saint Martins con una sensibilidad afilada para el drama, la historia y la belleza poco convencional. Esa misma visión lo llevó en 1995 a ser el primer diseñador británico en dirigir una firma francesa de alta costura: Givenchy. Aunque su estancia fue breve, dejó una huella inconfundible al cambiar a la musa Audrey Hepburn por Amanda Harlech, e introducir una estética cargada de referencias históricas, sátira y nocturnidad londinense.
Un año después, en 1996, Bernard Arnault apostó por él para Dior. Galliano desembarcó en la maison como un director de cine barroco: escenografías monumentales, maquillaje a cargo de Pat McGrath, tocados de Philip Treacy y colecciones que narraban desde cuentos de hadas hasta crítica social. Fue en Dior donde alcanzó su madurez artística, fusionando referencias como la aristocracia eduardiana, las geishas, el flamenco o incluso los sin techo de París, con una costura técnicamente impecable. Su enfoque era claro: la moda como espectáculo total, donde cada desfile era una obra con su propio universo.
Colecciones como la de Alta Costura de primavera 1999, dedicada a Dalí y Cocteau; la Geisha Collection de 2007; o el polémico Hobo Chic del 2000, mostraban que Galliano no buscaba solo impactar, sino provocar pensamiento. Su narrativa siempre contenía capas de ironía, poesía y obsesión por el pasado, reinventado en clave teatral. Nunca dejó de dialogar con el legado de Christian Dior, pero lo reinterpretó desde una lente maximalista que desafiaba el buen gusto establecido.
Cortesía Dior
El encanto desbordado, sin embargo, vino acompañado de excesos. Su caída llegó en 2011, tras una serie de declaraciones antisemitas en un café parisino, derivadas de una adicción que él mismo reconoció. Fue expulsado de Dior en pleno escándalo mediático y con ello terminó una era marcada por la extravagancia y el genio.
Galliano aceptó estos trabajos no solo por ambición, sino por el deseo de ampliar su lenguaje creativo en plataformas globales. Dior le permitió poner en escena todo aquello que en su propia marca era imposible de producir: escenarios monumentales, presupuestos ilimitados y un equipo de ensueño. Pero ese mismo escenario lo devoró. A medida que su fama crecía, también lo hacía la presión, el aislamiento y las adicciones que terminaron llevándolo a un colapso público.
Hoy, desde el silencio estratégico y conceptual de Margiela, mira ese pasado como una ópera trágica de la cual aún resuenan los aplausos. Su trabajo actual, más introspectivo, emocional y experimental, parece una respuesta a todo lo vivido: una búsqueda de redención, pero también una afirmación de que el arte, incluso el más excesivo, puede reinventarse. Porque si algo ha demostrado John Galliano, es que la moda, cuando se hace con alma, siempre encuentra su forma de volver a empezar.
Cortesía Givenchy
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