FIRST LOVE WITH MILEY
Por Andrea Cova M - diciembre 8th, 2025
Hay momentos en la vida que no se olvidan. El primero siempre queda en algún rincón de la memoria: el primer beso, la primera canción que aprendiste o el primer objeto que te hizo sentir parte de un mundo nuevo. Para millones de mujeres en todo el planeta, ese primer acercamiento a la belleza fue con un envase de Maybelline, guardado a escondidas en la mochila del colegio o prestado de la cartera de una hermana mayor. Y no, no se trataba de un acto de vanidad, más bien era un hito en la vida de quien lo viviera. Este gesto era como un pase secreto que abría la puerta a la adultez, al descubrimiento y a la posibilidad de expresarse más allá de las palabras. Miley Cyrus recuerda con nitidez ese primer encuentro. Lo cuenta con la naturalidad de alguien que, aunque ha vivido bajo reflectores desde la infancia, sabe que la intimidad de los recuerdos se conserva intacta. Ella cantaba el jingle de Maybelline cuando era niña e imaginaba que algún día sería su rostro el que aparecería en las pantallas, y hoy, esa niña que jugaba frente al espejo ahora es la mujer que sostiene la campaña global de la marca; la fantasía se transformó en destino. Y cuando ese círculo se cierra, la historia no puede entenderse solo como publicidad, porque más bien se trata del regreso a un primer amor.
Maybelline, desde hace décadas, ha sido la puerta de entrada al maquillaje para distintas generaciones. No se trataba únicamente de un producto accesible y presente en todas partes, sino de la sensación de tener en las manos algo propio, algo que no pertenecía a los adultos ni a la infancia, sino a ese territorio incierto donde se empieza a construir la identidad: Es la máscara de pestañas que marcaba los primeros coqueteos con la rebeldía, el labial que dejaba la huella en un cuaderno escolar o el brillo que hacía sentir diferente en un pasillo lleno de iguales. Ese primer maquillaje no se olvida porque, como el primer beso, inaugura un lenguaje.
Cortesía Getty Images
La historia de Miley encarna esa metáfora. Nació como la estrella perfecta de Disney: inocente, sonriente, e incluso la chica que millones de adolescentes querían ser. Después vino la metamorfosis, una rebeldía ruidosa que desarmó a la industria y desconcertó a quienes esperaban que siguiera siendo la misma. Luego llegó la madurez de quien entendió que cada etapa formaba parte de un mismo viaje. Su vida, como su música, ha oscilado entre extremos, entre dulzura y crudeza, entre tradición y ruptura. Y en esa contradicción también habita la belleza.
Por eso su unión con Maybelline no es una estrategia más del mercado, sino un relato que tiene coherencia. La marca no escogió solo a una celebridad, sino a alguien que encarna la memoria colectiva de quienes crecieron cantando el jingle de la marca mientras miraban a Miley en la televisión. Dos símbolos que se cruzaron en la niñez de una generación, ahora entrelazados en un mismo escenario.
Miley lo explica con claridad: la música y el maquillaje son dos lenguajes que se entrelazan. La primera transmite emociones con sonidos y palabras, el segundo convierte el rostro en un lienzo que traduce lo que se lleva dentro. Ninguno de los dos puede borrarse de su historia porque ambos la han acompañado en cada transformación. “En la música, hay interpretación y honestidad; el maquillaje las realza. Es mi forma de expresar mi verdad sin decir una palabra. Maybelline comparte mi creencia de que el maquillaje debe ser expresivo y estar en constante evolución”, comenta. Y en su voz, el jingle icónico de Maybelline deja de ser solo un recuerdo para convertirse en un manifiesto personal… CONTINÚA LEYENDO EN ISSUE PAAPER #68.
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