EL PERFECCIONISMO ABSOLUTO DE AZZEDINE ALAÏA
Por María Jesús Sielfeld - octubre 9th, 2025
Hay artistas que desafían al tiempo porque no trabajan para él. Azzedine Alaïa fue uno de ellos. Mientras la industria corría detrás de las temporadas, él se quedaba quieto, midiendo cada milímetro de una costura, cada pedrería bordada e incluso, cada curva de un vestido. No le importaban las fechas ni los titulares, solo el resultado. Sus colecciones podían demorarse meses o incluso años, pero nunca llegaban tarde: llegaban cuando estaban listas.
Su relación con la moda nació en Túnez, donde comenzó a trabajar como asistente de modistos antes incluso de graduarse y pronto recibió sus primeros encargos de parte de clientas enamoradas de su forma de potenciar la figura. Posteriormente, estudió escultura en la Escuela de Bellas Artes de su país antes de descubrir que vestir el cuerpo humano era su verdadera pasión. Y eso se notaba. Tiempo después, cuando ya decidió cambiar de rumbo y explorar el diseño de vestuario, Alaïa no dibujaba bocetos, modelaba la tela directamente sobre el maniquí, ajustándola con la precisión de un experimentado.
A finales de los 50 redirigió su trabajo hacia Francia. Ahí consciente de la importancia de estar en el lugar adecuado en el momento correcto, en la capital encontró trabajo con algo de facilidad junto a pioneros de la industria: Christian Dior, Guy Laroche y Thierry Mugler. Ya en la década de los 60, abrió un pequeño taller en pleno barrio de Le Marais. Su atelier parisino era un refugio donde el tiempo se diluía, y la paciencia se convertía en arte.
En los años 80, mientras la moda se llenaba de excesos y locura, Alaïa cambió la idea de lo sexy. Diseñó vestidos que seguían la forma del cuerpo, con tejidos elásticos y cuero que se ajustaban perfectamente. Su colección de 1981 lo consolidó: siluetas ceñidas, negro absoluto y cortes pensados con precisión estuvieron presentes en su primera colección y se convirtieron en su firma. No buscaba provocar, simplemente sabía cómo traducir la anatomía en diseño.
Cortesía Getty Images
Naomi Campbell fue una de las primeras en entenderlo. Cuando apenas tenía 16 años, él la descubrió, la admitió en su casa de moda y la convirtió en su musa. “Papá Alaïa”, lo llamaba ella, y no era una metáfora: le enseñó el oficio, la hizo desfilar, e incluso, la cuidó. A su alrededor también se encontraban Grace Jones, Tina Turner, Stephanie Seymour, Christy Turlington, mujeres que, al llevar sus diseños, encarnaban su idea de poder y libertad.
Alaïa nunca buscó el espectáculo. Rechazó premios, evitó entrevistas y siguió trabajando incluso cuando ya era considerado una leyenda. Quienes lo conocieron de cerca lo recuerdan como alguien exigente, incluso terco, pero con una generosidad extraordinaria. No presentaba sus colecciones siguiendo calendarios: lo hacía cuando sentía que estaban perfectas. Su perfeccionismo no venía del ego, sino del amor: amor por las mujeres, por la forma y por el oficio. Por eso, Michelle Obama, Lady Gaga o Rihanna, entre muchas otras celebridades, confiaron en él.
Luego de su muerte en 2017, su legado sigue tan vivo como su obsesión por la perfección. En una industria que acelera sin mirar atrás, Alaïa nos enseñó que lo eterno se construye con calma. Sus vestidos siguen hablando, recordándonos que la verdadera modernidad no se mide en temporadas, sino en la capacidad de crear algo que no envejece. Pieter Mulier, como director creativo, está a cargo en la actualidad de seguir con el legado de Azzedine; más que vestir cuerpos, inmortalizarlos.
Cortesía Getty Images y Maison Alaïa
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