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DE LA CENSURA AL ÍCONO, LOS LOOKS MÁS DISCUTIDOS

Por María Jesús Sielfeld - enero 1st, 2026

El escándalo en la alfombra roja no es nuevo, pero cada época tiene su propio umbral de tolerancia. Basta con mirar hacia 1925, cuando Josephine Baker apareció en escena con vestuarios que desafiaban frontalmente las normas de decoro del siglo XX. En un contexto marcado por el racismo y el control del cuerpo femenino, sus looks no solo impactaron por lo que mostraban, sino por lo que representaban: una mujer negra tomando el control de su imagen, su sexualidad y su presencia pública, en un mundo que no estaba preparado para eso.

Décadas más tarde, la polémica se trasladó a las premiaciones. En 1969, Barbra Streisand subió al escenario de los Oscar para recibir el premio a Mejor Actriz por Funny Girl con un conjunto transparente y cubierto de lentejuelas. Bajo las luces, el vestido reveló mucho más de lo esperado. Años después, ella misma reconoció que no anticipó ese efecto. En su momento fue visto como un desliz, pero hoy es recordado como uno de los primeros quiebres visibles entre elegancia clásica y atrevimiento en una ceremonia que exigía discreción absoluta.

Los años 80 y 90 empujaron aún más esa frontera. En 1986, Cher apareció en los Oscar con un diseño de Bob Mackie que simulaba desnudez, borrando la línea entre cuerpo y vestuario. Fue duramente criticada, pero abrió un camino que muchas seguirían después. En 1990, Madonna llevó ese espíritu al escenario con el sostén cónico creado por Jean Paul Gaultier durante su gira Blonde Ambition. La prenda, pensada para la intimidad, se transformó en un símbolo de poder y control de la propia imagen, en plena era de debates sobre censura y moralidad en la música pop.

Cortesía Getty Images

La provocación también pasó por los materiales y los mensajes silenciosos. En 1995, durante la 67ª edición de los Oscar, Lizzy Gardiner caminó por la alfombra roja con un vestido armado con 254 tarjetas de crédito American Express Gold. Ganadora esa noche por diseño de vestuario, su look fue leído por muchos como una falta de respeto al evento. Años después, ella misma contó que generó enojo, especialmente entre quienes esperaban solemnidad. Dos años más tarde, en 1997, la princesa Diana de Gales usó el llamado “vestido de la venganza” la misma noche en que el príncipe Carlos admitía su infidelidad. Sin decir una palabra, el vestido se convirtió en una declaración de independencia y ruptura con la imagen rígida de la realeza.

El cambio de milenio trajo looks que parecían incomprensibles en su momento. En 1999, Lil’ Kim asistió a los VMAs con un mono morado de un solo hombro y un cubre pezones visible, desafiando los límites de la televisión abierta y de la industria musical dominada por hombres. Ese mismo año, Céline Dion llegó a los Oscar con un esmoquin blanco de John Galliano usado al revés, acompañado de anteojos de sol y un sombrero asimétrico. Fue duramente criticada por la prensa, pero hoy se reconoce como un gesto adelantado a su tiempo. En 2001, Björk cerró esa etapa con su vestido de cisne en los Oscar, completando el look con huevos falsos que “empolló” frente a las cámaras, llevando la moda al terreno de la performance.

En la última década, la polémica se volvió abiertamente política. En 2010, Lady Gaga apareció en los VMAs con un vestido hecho de carne como protesta contra la política militar estadounidense “Don’t Ask, Don’t Tell”. Tres años después, en 2013, Nicki Minaj generó rechazo en los Grammy con un conjunto de inspiración papal, reabriendo debates sobre religión, provocación y cultura pop. Mirados en perspectiva, todos estos looks confirman lo mismo: la moda avanza gracias a quienes se animan a incomodar. Porque lo que primero genera rechazo, muchas veces termina marcando el rumbo.

Cortesía Getty Images

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