LA MODA INCÓMODA… ¿ES SU PROPÓSITO?
Por María Jesús Sielfeld - octubre 8th, 2025
Hay modas que se sienten… y otras que simplemente molestan. Pero ¿y si incomodar fuera parte del plan? Las últimas Fashion Weeks dejaron claro que lo “incómodo” está lejos de desaparecer: desde vestidos con transparencias que cuelgan de los pezones (¡auch!) hasta abrigos de cuatro brazos como si la fuera a utilizar un alien. Lo que para algunos es exceso, para otros es arte. Lo real es que el desconcierto, esa incomodidad que se cuela entre la fascinación y el rechazo, sigue siendo el motor que mueve a la industria.
Balenciaga, Schiaparelli, Rick Owens. Todos han jugado con el límite entre lo ponible y lo absurdo. Trajes enteros que aludían a un desnudo, como vimos este mes en Jean Paul Gaultier; bolsos con forma de paloma que sacó JW Anderson en su colección otoño-invierno 2022; o la falda-cinturón viral de Diesel que apenas cubre lo necesario y con la que es imposible sentarse. Y aunque muchos se pregunten si estas piezas tienen sentido fuera de la pasarela, quizás la pregunta debería ser otra: ¿por qué esperamos que todo en la moda tenga una función práctica? Nadie le exige a un cuadro que sea útil, ni a una escultura que se pueda usar. Entonces, ¿por qué la ropa sí?
La incomodidad no siempre está en el cuerpo. A veces se trata de una mirada que desafía lo establecido, una campaña que nos obliga a pensar, una silueta que incomoda porque no encaja en los cánones. Desde hace décadas, la moda ha sido un espejo incómodo de la sociedad: nos muestra lo que preferimos ignorar. Esa es su forma de decir algo cuando las palabras no bastan.
Cortesía marcas
Por otro lado, está la incomodidad física, esa que roza el masoquismo estilístico. Los corsés del siglo XIX, los tacones de aguja o los tops que exigen respirar con paciencia. “El dolor es placer”, decía Louboutin o “para ser bellas, hay que ver estrellas” señalaban algunas de nuestras abuelas, y aunque hoy el confort reina entre zapatillas urbanas y tejidos suaves, caemos rendidos ante una prenda que transforma el cuerpo y la mente en una obra de arte viviente. No se trata de sufrir, sino de elegir conscientemente el impacto sobre la comodidad.
La moda nunca ha sido neutral. Puede inspirar, irritar o incomodar, pero jamás deja indiferente. Quizás esa sea su función más pura: no complacer, sino provocar. Porque si la moda no incomoda, ¿entonces qué nos queda? Prendas bonitas, sí, pero vacías. Hay que tener claro que las pasarelas son laboratorios de ideas, espacios donde cada diseñador traduce una emoción, una crítica o un deseo. Y en el arte, incomodar no es un error, sino una forma de provocar pensamiento. Y lo último que debería ser la moda, es cómoda hasta el punto de no hacernos sentir nada.
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