ARQUITECTURA DEL PODER FEMENINO: EL PESO DE LAS HOMBRERAS
Por María Jesús Sielfeld - agosto 20th, 2025
La moda tiene una habilidad inigualable para contar historias, y la de las hombreras es una de las más fascinantes. No son solo un par de rellenos; son un símbolo de fuerza y un reflejo de la evolución social de la mujer. Su origen se remonta a épocas mucho más lejanas de lo que pensamos, con raíces en las charreteras militares grecorromanas y en las armaduras medievales. Sin embargo, en el siglo XX es cuando realmente encuentran su lugar, inspiradas por las hombreras de los uniformes de fútbol americano de la década de 1920, que buscaban crear una silueta más imponente y atlética. Fue en los años 30 cuando la moda femenina las adoptó, en parte gracias a la diseñadora italiana Elsa Schiaparelli, quien las introdujo en sus colecciones para dar a la mujer una estructura novedosa.
Schiaparelli, conocida por su visión arquitectónica de la ropa, fue pionera en el uso de las hombreras, creando una silueta en forma de V que estrechaba la cintura y enfatizaba la línea de los hombros. Esta idea fue popularizada en Hollywood por la icónica actriz Joan Crawford, quien, de la mano del diseñador Adrian, convirtió las hombreras en su sello personal. Su propósito era equilibrar sus caderas y proyectar una imagen de fuerza en la gran pantalla. Esta tendencia, cargada de simbolismo, se volvió masiva durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las mujeres se incorporaron de forma a la fuerza laboral. En este contexto, los trajes de chaqueta con hombreras, conocidos en Reino Unido como el “Utility Suit”, se convirtieron en un uniforme que representaba la capacidad de la mujer para desempeñarse en roles tradicionalmente masculinos, funcionando como una armadura estilística que las empoderaba en un mundo de hombres.
Tras la guerra, la figura de la mujer volvió a cambiar. La austeridad de los tiempos de conflicto dio paso al New Look de Christian Dior en los años 50, que celebraba una feminidad más suave y clásica con hombros redondos y cinturas de avispa, dejando las hombreras en un segundo plano. Sin embargo, su espíritu resurgió con fuerza en los años 80. Fue la era del “power dressing”, un concepto que definía la vestimenta de las mujeres en el mundo de los negocios. Con diseñadores como Thierry Mugler, Giorgio Armani y Donna Karan a la cabeza, las hombreras regresaron, más exageradas que nunca. Se convirtieron en un uniforme para las mujeres ejecutivas, un manifiesto visual de fortaleza. La cultura pop inmortalizó esta silueta, con series como “Dinastía” o películas como “Heathers”, haciendo de los trajes de hombros anchos y líneas marcadas un sinónimo de poder y éxito.
Cortesía Saint Laurent y Dries van Noten
Después del esplendor ochentero, los años 90 apostaron por una silueta más minimalista y fluida. Aunque diseñadores vanguardistas como Martin Margiela y Alexander McQueen experimentaron con ellas, las hombreras no volvieron a dominar la moda hasta principios del siglo XXI. En la década de los 2000, Tom Ford para Gucci y Roland Mouret las trajeron de vuelta, aunque de forma más sutil. En los últimos años, la tendencia ha resurgido con una nueva energía. Desde las propuestas distópicas y oversize de Demna Gvasalia para Balenciaga, los blazers oversize femeninos de Yves Saint Laurent, hasta el regreso de los hombros pagoda en Balmain, las hombreras se han convertido nuevamente en un elemento de impacto.
Su reaparición en la moda actual no es una coincidencia. En un contexto social que busca dar voz a la mujer, estas estructuras funcionan como una armadura moderna. No solo definen la figura, sino que también transmiten un mensaje de resistencia y resiliencia. La moda, como dijo Coco Chanel, es arquitectura, y las hombreras son los cimientos de una silueta que no se conforma con pasar desapercibida, son la prueba de que un simple accesorio puede ser un poderoso vehículo de expresión.
Cortesía Schiaparelli y Jacquemus
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