MARRAKECH, MUSA ETERNA: UNA CIUDAD QUE REESCRIBIÓ EL LEGADO DE YSL
Por María Jesús Sielfeld - julio 15th, 2025
Yves Saint Laurent no solo encontró en Marrakech un destino exótico para vacacionar: descubrió un lugar que agitó su imaginación, liberó su creatividad y transformó su forma de diseñar. En 1966, con apenas 30 años, llegó por primera vez a la ciudad junto a su pareja Pierre Bergé y, sin saberlo, inició una historia de amor con la ciudad roja que marcaría su vida para siempre. Marrakech le ofreció algo que París no podía darle: luz, color, caos, belleza espontánea y una calma interior que acabaría reflejándose en sus colecciones más memorables.
YSL tenía raíces africanas: había nacido en Orán, Argelia, y conocía la intensidad del paisaje, los contrastes culturales y la riqueza visual del Magreb. Pero fue en Marrakech donde esa herencia despertó completamente. La ciudad lo sacudió desde lo más profundo, le enseñó a mirar el color con otros ojos. En sus propias palabras: “El poder y la calidad de la luz en Marruecos me hicieron ver los colores de una manera distinta”. Pronto, lo que comenzó como una escapada terminó siendo un refugio imprescindible, una fuente de energía creativa a la que regresaba, religiosamente, dos veces al año.
El impacto fue inmediato. Al volver a París, YSL compró una pequeña casa en la medina, Dar el-Hanch, que luego cambiaría por una residencia más amplia en Guéliz: Dar Es Saada, también conocida como Villa Oasis. Allí nacieron muchas de sus ideas más atrevidas. Marrakech no solo se volvió su escenario íntimo, también impregnó sus colecciones. En 1966 lanzó una línea inspirada directamente en la ciudad: caftanes, túnicas, velos, colores vivos, siluetas amplias y una fuerte presencia de prendas tradicionalmente masculinas reinterpretadas para el cuerpo femenino. Una estética vibrante que dio origen a su etapa más emocional, sensual y cromática.
Cortesía Getty Images
Pero el vínculo con Marrakech no fue solo visual. Fue profundamente personal. En esta ciudad, Yves encontró paz, alegría y comunidad. Celebró fiestas con Andy Warhol, los Rolling Stones y artistas de todo el mundo. Caminó por zocos, coleccionó tejidos, observó silenciosamente a los artesanos. El Jardín Majorelle (abandonado en ese entonces) se convirtió en su nueva obsesión. En 1980, él y Bergé lo adquirieron para salvarlo de la demolición. Restauraron su vegetación, revitalizaron su arquitectura y pintaron sus muros con un azul eléctrico inconfundible. Allí mismo, entre buganvillas, palmeras y estanques, descansan hoy las cenizas del diseñador.
La huella de YSL en Marrakech es hoy tangible. En 2017 se inauguró el Musée Yves Saint Laurent, a metros del Jardín Majorelle, con una imponente fachada de ladrillo y más de 5.000 piezas de archivo. Es un lugar de peregrinación para quienes buscan entender su proceso creativo, su pasión por los textiles del norte de África, sus dibujos, bocetos y colecciones. También es un recordatorio de cómo la moda puede nutrirse del alma de un lugar sin apropiarlo, sino celebrándolo y retribuyéndolo.
Hoy, la influencia de Marrakech en la casa YSL sigue viva: desde colaboraciones con artesanas locales hasta prácticas sustentables en la región del Ourika, donde se cultivan ingredientes naturales para sus líneas de belleza. Pero más allá de lo tangible, lo que permanece es ese legado invisible que empezó en una ciudad y cambió la historia de un diseñador. Marrakech no solo fue musa, fue hogar, fue refugio, fue una fuente inagotable de belleza, misticismo e inspiración. Fue el lugar donde Yves Saint Laurent dejó de diseñar con la razón y comenzó a crear con el corazón.
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