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Opinión

FAST FASHION VS ALTA GAMA: ¿CUÁL ES ÉTICAMENTE CORRECTA?

Por María Jesús Sielfeld - abril 25th, 2025

Lo que es caro no siempre brilla, y lo barato no siempre cuesta poco

Imaginen esto: una camiseta de Prada por 500 dólares y otra de Primark por 5 dólares. ¿Cuál es más ética? La respuesta no es tan simple como el precio. El debate entre el fast fashion y la moda de alta gama lleva años en la mesa, pero con el escrutinio actual sobre la sostenibilidad y las condiciones laborales, la pregunta ya no es cuál viste mejor, sino cuál mancha menos.

Por un lado, el fast fashion, como Zara, H&M y Shein, es el villano favorito: ropa barata, producida en masa en talleres con condiciones laborales dudosas y diseñada para durar lo que aguanta un helado al sol. Pero ¿son las marcas de alta gama tan inocentes como pretenden? LVMH, el gigante detrás de Louis Vuitton y Dior, presume de ser “sostenible por naturaleza”, pero sus emisiones contaminantes rivalizan con las de un pequeño país. Mientras, tiktokers asiáticos destapan que algunas de las casas de moda europeas más reconocidas subcontratan talleres clandestinos en Europa del Este y Asia, donde los salarios son miserables. ¿Dónde está la ética entonces?

El lado oscuro de la alta gama: Exclusividad no es igual a responsabilidad
Estas marcas más elegantes y renombradas venden la ilusión de calidad y artesanía, pero la realidad es un poco más turbia. Un informe de 2023 de Fashion Revolution reveló que marcas como Chanel, Dior y Dolce & Gabbana tienen una transparencia pésima en sus cadenas de suministro. Algunos hallazgos clave de este informe indican que, en cuanto a trazabilidad, estas marcas no revelan públicamente listas completas de sus fábricas ni datos verificables sobre condiciones laborales. Por otro lado, en la categoría de “salarios dignos”, no hay evidencia de que aseguren un pago justo en sus cadenas de suministro (solo el 6% de las marcas evaluadas en 2023 publican avances en este tema). Y sobre el impacto ambiental, Chanel, por ejemplo, no detalla cómo reduce químicos peligrosos o residuos en su producción (a pesar de su “misión sostenible”).

En 2019, Reuters reportó que personas que trabajaban para fábricas de Armani y Fendi, incluidos migrantes en situación irregular, eran explotados en estos talleres. Entre los hallazgos estaba una mujer embarazada escondida entre rollos de cuero y condiciones laborales inhumanas. ¿La defensa de las empresas? “No sabíamos”. Curioso, porque un bolso de 10.000 dólares debería garantizar algo más que un logotipo.

Eso sí, no todas las marcas de alta gama son iguales. Gucci y Stella McCartney lideran esfuerzos en materiales reciclados y reducción de químicos, como el cuero vegano o el nailon regenerado, pero incluso ellas arrastran deudas éticas, especialmente en salarios dignos. El resultado es un sistema donde incluso los avances sostenibles chocan con prácticas arraigadas: transparencia selectiva, explotación encubierta y una huella ambiental que pocas casas se atreven a revelar por completo. La sostenibilidad real, parece, aún no es parte del ADN de las marcas “premium”.

Cortesía Getty Images

 

Fast fashion: Accesibilidad con un coste oculto
El fast fashion democratizó la moda, pero a un precio alto. Zara e Inditex, propiedad del noveno hombre más rico del mundo en 2025 según Forbes, fueron señaladas por Greenpeace por usar químicos tóxicos en sus prendas, además de enfrentar denuncias por condiciones laborales precarias en países como Bangladesh. Shein, la marca favorita de la Generación Z, es aún más preocupante: produce 6.000 prendas nuevas diarias en fábricas donde los trabajadores cobran centavos por hora y operan bajo jornadas extenuantes, según investigaciones de Public Eye y Bloomberg. Incluso H&M, que presume de usar algodón orgánico y lanzar colecciones “sustentables”, solo destina el 8% de su producción a este material, mientras el resto sigue dependiendo de fibras sintéticas y procesos contaminantes.

Pero hay matices: Un estudio de Hubbub y la Universidad de Leeds demostró que la ropa barata no siempre es menos duradera. Unos jeans de 30 dólares de Primark resistieron tan bien como unos de 200 en pruebas de abrasión y lavado. El problema no es solo el precio, sino cómo la percibimos: mientras cuidamos una camisa de alta gama como una inversión, tratamos las prendas económicas como desechables, perpetuando un ciclo de consumo irresponsable. Aunque el fast fashion tiene graves fallas éticas, su accesibilidad sigue siendo clave para millones de personas, y algunos avances, como los talleres de reparación de Primark o el reciclaje de H&M, muestran que el cambio es posible, aunque insuficiente.

Conclusión: Ni santos ni demonios
Al final, ambos modelos fallan. Las marcas de alta gama son insostenibles por su producción elitista y opaca; el fast fashion, por su consumo masivo y derroche. Pero hay esperanza: la segunda mano, la demanda de transparencia y marcas como Patagonia (que repara lo que vende) y Eileen Fisher (que recicla prendas viejas en nuevas colecciones) demuestran que otro modelo es posible. Incluso plataformas como Vestiaire Collective o The RealReal están revolucionando el consumo al darle una segunda vida al vestuario.

La próxima vez que elijan entre un jersey de 9.000 dólares de Loro Piana y uno de 20 de Primark, recuerden: la ética no está en la etiqueta, sino en lo que hay detrás y, hoy, eso es lo que menos se ve. El verdadero estilo y elegancia, quizá, no sea el precio, sino poder vestir sin dejar un rastro de explotación y contaminación.

Cortesía Getty Images

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