La industria de la moda enfrenta uno de sus mayores desafíos en décadas. El pasado miércoles 2 de abril, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció un drástico incremento en los aranceles a las importaciones, golpeando con especial fuerza a los principales centros de producción textil del mundo. La medida, calificada como la más agresiva en casi un siglo, establece un gravamen base del 10% para todos los bienes importados, pero eleva la tasa hasta el 54% para China, 46% para Vietnam, 49% para Camboya y 37% para Bangladesh, entre otros. La justificación: reducir el déficit comercial de EE. UU. Sin embargo, para un sector que depende en un 98% de las importaciones de ropa y calzado, el impacto será inmediato y severo.
Grandes y pequeños: nadie escapa a la tormenta arancelaria
Desde gigantes como Nike y Lululemon hasta minoristas locales, la cadena de suministro global se verá sacudida. Las acciones de las principales empresas cayeron en picada tras el anuncio, con pérdidas de hasta el 10% en horas. Pero más allá de Wall Street, el verdadero problema radica en los costos. Muchas marcas ya habían reubicado su producción fuera de China (tras los aranceles impuestos durante el primer mandato de Trump) hacia países como Vietnam o Camboya, que ahora también serán penalizados. Peor aún: las fábricas, operando con márgenes mínimos, enfrentarán presiones para reducir precios, lo que podría afectar a trabajadores y proveedores de materias primas. “Esta acción perjudicará especialmente a las empresas estadounidenses”, advirtió la United States Fashion Industry Association. Asimismo, la misma organización indicó que “la industria de la moda depende de las cadenas de suministro globales más que quizás cualquier otro sector de productos manufacturados”.
Marcas premium y deportivas: entre la reinvención y la resistencia
Las firmas de alta gama no son inmunes. Aunque algunas, como LVMH, cuentan con producción en EE. UU. (el 50% de sus artículos vendidos allí se fabrican localmente), la mayoría depende de insumos importados. Stefano Martinetto, CEO de la plataforma Tomorrow, señala la complejidad del escenario: “Un producto puede combinar materiales de Italia, China y Corea, ensamblados en Turquía. ¿Qué arancel aplica?”. Mientras tanto, las marcas deportivas, que lideraron la diversificación geográfica, vuelven a estar en la mira. Nike, con el 50% de su calzado hecho en Vietnam, y On Running, con el 90%, verán aumentar sus costos. La disyuntiva es clara: absorber los gastos o trasladarlos al consumidor.
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Respuestas y temores: ¿proteccionismo o fragmentación?
Los líderes de la industria reaccionaron con preocupación. David French, de la Federación Nacional de Minoristas, alertó sobre “más ansiedad para empresas y consumidores”. Otros, como Helen Brocklebank de Walpole, prefieren esperar detalles antes de actuar. Pero el fantasma de la inflación es innegable. Con precios ya en alza (el valor promedio de artículos premium aumentó 52% desde 2019), los compradores podrían optar por reducir gastos o, en el peor caso, recurrir a falsificaciones. Martinetto va más allá: “Esto podría fracturar el mercado. Los diseñadores europeos venderían solo en Europa, y los estadounidenses, en EE. UU.”.
El futuro: ¿adaptación o crisis?
A corto plazo, las empresas buscarán renegociar con proveedores o ajustar márgenes. Pero si los aranceles persisten, la industria deberá replantear su modelo. Trump prometió una “edad de oro” con más producción local, pero la realidad es que la moda, por su escala y especialización, no puede desglobalizarse de la noche a la mañana. Mientras tanto, las pequeñas marcas y diseñadores independientes son los más vulnerables. En un entorno ya golpeado por el Brexit y la pandemia, los nuevos impuestos podrían ser el golpe definitivo. La moda, como siempre, seguirá adelante, pero no sin cicatrices.
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