Yayoi Kusama, la icónica artista cuyas alucinaciones infantiles se transformaron en un imperio visual de lunares y espejos, falleció en Tokio a los 97 años, según confirmó la galería David Zwirner. Su prolífica obra, que abarcó pintura, escultura, literatura, diseño de productos y moda, se convirtió en un fenómeno ineludible de la cultura pop contemporánea, alcanzando regularmente precios récord en el mercado. El motivo circular, que comenzó a dibujar a los diez años para intentar dar sentido a sus visiones, terminó representando su propia concepción del cosmos. Como ella misma explicó en su momento, tanto el sol como la luna y la Tierra que habitamos no son más que lunares perdidos en la inmensidad del universo.
Nacida en Matsumoto en 1929 y formada en la estricta pintura tradicional japonesa, Kusama se instaló en Nueva York en 1957, atraída por la efervescencia de su escena experimental. Durante la década de los sesenta, cautivó a la vanguardia con sus Infinity Nets, patrones ondulantes de apariencia interminable, y desató la controversia con sus famosos happenings. Estas provocativas performances espontáneas, a menudo con participantes desnudos en lugares emblemáticos como Central Park o el puente de Brooklyn, funcionaban como protestas contra la guerra de Vietnam o exigían la liberación sexual. Fue en esta etapa cuando desafió a la Bienal de Venecia instalando mil quinientas esferas espejadas en un jardín tras ser rechazada, una obra bautizada Narcissus Garden que eclipsó la muestra oficial, y cuando entabló amistad con Andy Warhol, a quien más tarde acusaría abiertamente de copiar sus ideas.
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Resulta imposible comprender la producción creadora de Kusama sin abordar su salud mental. Tras regresar a Japón, ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio en 1977, lugar que convirtió en su residencia permanente y desde donde continuó escribiendo novela y poesía surrealista. Paralelamente, supo construir una identidad visual inconfundible. Su característica peluca roja y sus vestidos moteados operaban como extensiones orgánicas de su arte, una sensibilidad que fascinó a la industria comercial.
El impacto global de su visión alcanzó proporciones históricas durante su última etapa. Nombrada la creadora más popular del mundo en 2014 y consagrada como la primera mujer en recibir la Orden de la Cultura de la familia imperial japonesa, sus instalaciones inmersivas, las inigualables Infinity Mirror Rooms, se volvieron fenómenos masivos y rompieron récords de asistencia en la era de las selfies. David Zwirner, el galerista que la representó durante quince años, destacó el inquebrantable mensaje de amor y paz que Kusama logró transmitir a millones de admiradores, despidiendo a la mujer que, indiscutiblemente, se había convertido en la figura viva más célebre del arte contemporáneo.
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